¿Somos realmente discípulos?

Una reflexión sobre nuestro llamado

Buenas noches.

Como cada miércoles, nos sentamos a conversar con una taza de café en la mano, sin prisa y sin ruido, dejando que las preguntas importantes aparezcan solas.

La de hoy no es nueva, pero sigue siendo incómoda:
¿somos realmente discípulos de Jesucristo?
Usamos con facilidad palabras como cristianos o creyentes, pero el mandato bíblico va más allá de un nombre o una afiliación. Jesús nunca habló de formar simpatizantes ni asistentes ocasionales. Habló de discípulos.

El mandato que no admite atajos

En el Evangelio de Mateo, Jesús comienza con una declaración contundente:
“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”
Desde esa autoridad, da una orden clara:
“Id y haced discípulos a todas las naciones.”

No dijo “haced creyentes”, ni “llenad lugares”, ni “sumad seguidores”. Dijo haced discípulos: personas bautizadas, instruidas y dispuestas a guardar todo lo que Él mandó.
Y junto a ese mandato hay una promesa que solemos repetir mucho:
“Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”

Pero pocas veces recordamos que esta promesa camina junto a la obediencia. Dios está con nosotros en la medida en que asumimos la tarea de enseñar, aprender y vivir Su Palabra. No como espectadores, sino como participantes.

El arrepentimiento: un paso que hemos debilitado

En algunos lugares del mundo, a los nuevos creyentes se les llama simplemente los arrepentidos. No como un título menor, sino como una descripción profunda. Porque antes de seguir, primero reconocen que algo debe cambiar.

En cambio, en muchas iglesias occidentales, el énfasis se ha reducido a una oración rápida, sin proceso ni transformación. Y surge una pregunta honesta:
Si no hay un quiebre con el ayer, ¿cómo sabremos hacia dónde caminar mañana?
El arrepentimiento no es culpa constante, es cambio de dirección. Sin ese punto de partida, es difícil que alguien se convierta en discípulo, alguien que aprende, camina y se deja formar por el Maestro.

El discipulado siempre se reproduce

Un discípulo no es solo quien aprende, sino quien reproduce lo aprendido. Jesús invirtió tres años y medio formando a doce hombres. No concentró Su esfuerzo en las multitudes, sino en aquellos que se quedarían cuando Él ya no estuviera.
Ese mismo patrón lo vemos en Pablo con Timoteo y Tito, a quienes llamó hijos en la fe. Pablo se reprodujo en ellos para que la obra continuara.
Y aquí la pregunta vuelve a nosotros, sin acusar:

¿A quién estamos formando hoy?

¿Estamos levantando “Timoteos”, o estamos guardando todo por temor, comodidad o falta de preparación?

El sistema que nos absorbe

En muchos contextos de necesidad, la dependencia de Dios es diaria y real. Pero cuando el sistema se vuelve más estable, el trabajo, las metas y el deseo de “tener más” comienzan a ocupar todo el espacio.
El discipulado queda relegado a un servicio dominical breve. Pero el discipulado no se construye en treinta minutos. Se construye en convivencia, en tiempo compartido, en observar cómo vive el otro.
Los discípulos de Jesús no le pidieron aprender a hacer milagros. Le dijeron algo más profundo:

“Enséñanos a orar.”

Entendieron que ahí estaba la raíz.

Discernir la voz del Maestro

Ser discípulo implica conocer la Palabra. No leerla por compromiso, sino amarla, estudiarla y dejarse confrontar por ella.
Jesús dijo:
“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen.”
Si no conocemos la Escritura, seguiremos cualquier voz fuerte, cualquier discurso bien armado, cualquier “iluminado” que aparezca. El conocimiento no es orgullo; es protección.

Un solo rebaño, un solo Pastor

No existen rebaños fragmentados por denominaciones o nombres humanos. Existe un solo rebaño y un solo Pastor: Jesucristo.
A veces levantamos muros por orgullo o miedo, olvidando que todos fuimos rescatados alguna vez. Hay una vieja historia de náufragos que, tras ser salvados, construyeron un faro hermoso. Con el tiempo, no querían dejar entrar a otros para no ensuciarlo. Olvidaron que ellos también estuvieron perdidos.
El discipulado no crea clubes exclusivos; crea familia.

Nuestra responsabilidad

Un día rendiremos cuentas. No por lo que poseímos, sino por lo que sembramos. No por los bienes acumulados, sino por las vidas que tocamos.
Por eso vale la pena prepararse, estudiar, leer, profundizar en la Biblia y buscar a alguien a quien enseñar lo aprendido. No para exhibirse, sino para servir.
El discipulado no es una opción para unos pocos.
Es el llamado de todo aquel que decide seguir a Cristo.
Y mientras el café se termina, queda la invitación, sencilla y directa:

¿estamos solo creyendo…
o estamos aprendiendo a ser discípulos?

Vick
Conversando con una taza de café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

2025 – El año en que no me rendí

Hubo un año en que no pedí aplausos ni multitudes.
No pedí que el mundo me mirara.
Solo pedí no traicionarme.


Sabía que el camino sería lento.
Que nadie vendría a decirme que iba bien.
Que habría días en que el optimismo se escondería
y el cansancio se sentaría a mi lado como un viejo conocido.

Ese año entendí algo importante:
no estaba construyendo para el ruido,
sino para la permanencia.

No medí mi avance por números,

sino por constancia.
No por victorias espectaculares,
sino por no abandonar cuando el peso era mayor.

Aprendí que terminar es más valioso que empezar,
y que cerrar bien una historia
es un acto de respeto hacia uno mismo.

Hubo semanas en que quise bajar los brazos.
Momentos en que dudé si valía la pena seguir hablando,
escribiendo, grabando, recordando.
Pero seguí.
No por fuerza, sino por fidelidad.

Seguí porque este camino habla de lo que soy.
Porque no vine a agradar,
vine a decir lo que pesa, lo que duele, lo que permanece.
Porque no todo lo valioso es rápido
ni todo lo verdadero es popular.

Al final del año, quizá pocos lo notaron.
Pero yo sí.

Pude decir, sin mentirme:
no me rendí.
no me traicioné.
no me vacié para encajar.

Y eso —aunque nadie lo celebre—
es una victoria real.

Este es el motivo por el que sigo.
No para llegar primero,
sino para llegar entero.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com

Sentándose, vinieron a Él

La diferencia entre la multitud y el discípulo

En nuestro caminar espiritual, tarde o temprano aparece una pregunta incómoda. No surge en medio del ruido, sino cuando uno se sienta, cuando el café ya no quema y el silencio empieza a decir cosas. Es una pregunta sencilla, pero profunda:

¿Hasta dónde llega realmente nuestra fe?

El tema de hoy podría resumirse así: “Sentándose, vinieron a Él”. Una frase breve que encierra una gran diferencia. No todos los que siguen a Jesús lo hacen por las mismas razones. Y quizá ahí encontremos la respuesta a otra pregunta que muchos se hacen, pero pocos se atreven a sostener.

¿Por qué no suceden cosas mayores?

En el Evangelio de Juan, Jesús dice algo que siempre nos confronta:
“De cierto, de cierto os digo: el que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre.” (Juan 14:12)
Leemos esto y, casi sin querer, nos preguntamos:

¿Por qué no vemos hoy esas obras mayores como Él las describió?

No se trata de negar que Dios siga obrando. Vemos sanidades, respuestas, pequeños milagros cotidianos. Pero si somos honestos, muchas veces parecen lejanos a lo que Jesús hacía cuando caminaba entre la gente. Y la pregunta no apunta a la capacidad de Dios, sino a algo más cercano: nuestra disposición.

La multitud frente a los discípulos

Para entenderlo, basta mirar un detalle que a veces pasamos por alto. En los evangelios se repite una escena: Jesús sana, libera, responde, y la multitud lo sigue. Pero hay un momento clave que marca una separación.

Mateo lo describe así:

“Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a Él sus discípulos.”
La multitud estaba allí. Los milagros también. Pero cuando Jesús se sienta para enseñar, no todos se acercan. Solo lo hacen los discípulos.

La multitud busca el pan, el pescado, la solución inmediata. El discípulo busca al Maestro. La multitud quiere el resultado; el discípulo quiere la relación. Por eso Jesús se aparta, sube al monte y se sienta. No para alejarse, sino para enseñar a quienes realmente desean aprender.

Hoy ocurre algo parecido. Las iglesias se llenan cuando se promete un milagro, una prosperidad rápida, una respuesta urgente. Pero cuando se trata de sentarse a escuchar, estudiar y aprender, el lugar se vacía un poco. Y ahí aparece la diferencia.

Pobres de espíritu: una puerta estrecha

La primera bienaventuranza no es casual:
“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.”
Ser pobre de espíritu no es falsa humildad. Es reconocer que, sin Dios, no sabemos entrar ni salir. Que necesitamos dirección, corrección y enseñanza.
Salomón entendió esto cuando Dios le ofreció pedir lo que quisiera. No pidió riquezas ni larga vida. Dijo algo que revela su corazón:

“Soy joven, no sé cómo gobernar… dame sabiduría.”

Se reconoció siervo. Y esa actitud agradó a Dios. No solo recibió sabiduría, sino también aquello que no había pedido. Porque cuando el orden es correcto, lo demás viene por añadidura.

El costo de ser discípulo

Quizá no vemos obras mayores porque preferimos ser multitud antes que discípulos. Ser discípulo implica cosas que no siempre gustan:

– Humillarse y reconocer que dependemos totalmente de Dios.
– Guardar Sus caminos y no los nuestros.
– Sentarse a aprender, aunque la Palabra confronte.
– Aceptar que no somos dueños del mensaje, sino siervos de Él.

La Palabra no admite añadiduras nacidas del orgullo. No se adapta al gusto personal. Se recibe, se estudia y se vive.

Una pregunta que queda abierta

El reino de los cielos pertenece a quienes saben que se pierden sin el Maestro. A quienes dejan de buscar solo el milagro y se acercan a Sus pies para aprender.

Ser discípulo no es fácil. Exige renunciar a intereses propios y aceptar un camino que no siempre es cómodo. Pero es el único que lleva a una fe madura, profunda y verdadera.

Y mientras termino este café, la pregunta queda flotando, sin prisa, sin respuesta inmediata:

¿Soy parte de la multitud que busca el milagro…
o un discípulo que se sienta a aprender?

Vick
Conversando con una taza de café
-Vick-yoopino
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Mijaíl Shólojov (1905-1984)

En una de mis caminatas, entre librerías y calles oscuras, encontré un nuevo escritor, por lo que comenzamos a averiguar algo más de:

Mijaíl Shólojov fue un escritor ruso ganador del Premio Nobel de Literatura en 1965. Nació el 24 de mayo de 1905 en el pueblo de Kruzhilín, en la región de Rostov, Rusia, en una familia de campesinos cosacos. Su infancia y juventud estuvieron marcadas por la pobreza y la lucha por la supervivencia, lo que más tarde influiría en su obra literaria.

Shólojov se unió al Partido Comunista en 1932 y se convirtió en uno de los escritores más destacados de la Unión Soviética. Durante la Segunda Guerra Mundial, trabajó como corresponsal de guerra y escribió artículos y ensayos sobre la lucha contra el nazismo. Su experiencia en la guerra y su compromiso con la ideología comunista se reflejan en su obra, que a menudo explora temas como la lucha de clases, la revolución y la construcción del socialismo.

A lo largo de su carrera, Shólojov recibió numerosos premios y reconocimientos, incluyendo el Premio Nobel de Literatura en 1965, el Premio Lenin en 1960 y el Premio Stalin en 1941. Murió el 21 de febrero de 1984 en Vióshenskaya, Rusia, a los 78 años.

Reseña de «El Don apacible»

«El Don apacible» es una novela monumental que te sumerge en la vida de los cosacos del Don durante la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa. La novela sigue la vida de Grigori Mélejov, un cosaco que se ve envuelto en la turbulencia de la guerra y la revolución. A través de la historia de Grigori, Shólojov explora temas como la lealtad, el amor, la guerra y la búsqueda de la identidad.

La prosa de Shólojov es poderosa y emotiva, y su descripción de la vida en el Don es vívida y auténtica. La novela es un fresco de la vida rural rusa, con sus tradiciones, costumbres y paisajes. Shólojov describe la vida de los cosacos con un realismo crudo y sin sentimentalismo, lo que da a la novela una sensación de autenticidad y veracidad.

La estructura de la novela es épica, con una narrativa que abarca varios años y sigue a Grigori a través de la guerra, la revolución y la lucha por la supervivencia. La novela es un viaje emocional y psicológico, que explora las complejidades de la naturaleza humana y la lucha por encontrar sentido en un mundo en caos.

Uno de los aspectos más destacados de la novela es la caracterización de Grigori Mélejov, un personaje complejo y multifacético que se debate entre la lealtad a su familia y su tierra, y su deseo de encontrar su propio camino en el mundo. Grigori es un personaje con defectos y virtudes, que comete errores y aprende de ellos, lo que lo hace creíble y humano.

«El Don apacible» es una novela que te deja con una sensación de asombro y admiración por la habilidad de Shólojov para crear un mundo tan vívido y real. Es una obra maestra de la literatura rusa, que explora temas universales como la guerra, la paz, el amor y la búsqueda de la identidad.

Su obra es una ventana a la historia y la cultura rusa, y «El Don apacible» es una de las novelas más importantes del siglo XX. Te recomiendo explorar más de su obra, como «Campos roturados» o «Siete cuentos del Don».

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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¿Simpatizantes o discípulos?

A veces, mientras converso con una taza de café, me hago una pregunta que no incomoda al principio, pero que no se va fácil después:

¿Por qué sigo a Jesús?

No es una pregunta teológica.
Es personal.
Vivimos tiempos en los que desde muchos púlpitos se repite lo mismo: que Dios tiene el control, que Dios va a bendecir, que Dios va a proveer, que Dios nos va a sacar adelante. Y sí, todo eso es cierto. Lo sabemos. Lo hemos escuchado una y otra vez.

Pero el café se enfría cuando la pregunta es otra:

¿Lo seguimos por eso… o por quien Él es?

Porque seguir a alguien solo mientras todo resulta cómodo no es seguir; es acompañar de lejos. Y cuando el seguimiento empieza a pedir algo más —tiempo, estudio, compromiso, renuncia— muchos descubren que no estaban tan interesados como pensaban.

En el Evangelio de Juan hay una escena que siempre me deja pensando. Después de escuchar palabras difíciles, no dirigidas a la multitud sino a quienes ya caminaban con Él, el texto dice algo seco, sin adornos:

“Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con Él.”
No se fueron extraños.
Se fueron discípulos.
Dijeron, sin decirlo: “Esto se complicó. Yo pensé que esto era solo bendición tras bendición.”
Y se retiraron en silencio, como quien no quiere que lo noten.

Eso me obliga a preguntarme:

¿Qué esperaba yo cuando decidí seguirlo?

Hay gente que ama escuchar testimonios, pero casi todos suenan igual: que me sanó, que me dio trabajo, que me protegió, que me permitió comprar mi casa, mi iPhone. No digo que eso esté mal. Pero cuando la relación se reduce a pedir, deja de ser relación.

Si la única razón para arrodillarnos es cubrir necesidades, quizás no estamos buscando a Jesús, sino una versión espiritual de la lámpara maravillosa.

En Marcos se hace una distinción que suele pasarnos desapercibida. El texto habla de Jesús, de sus discípulos y de una gran multitud. No los mezcla. Los separa. Porque no todos los que caminan cerca son discípulos. Algunos solo están ahí por lo que pueden recibir.

La multitud busca resultados.
El discípulo busca relación.
Y esa diferencia se nota cuando el pan se acaba.

En Juan 6, después del milagro de los panes y los peces, la gente cruza el mar buscando a Jesús. No por las señales, sino porque habían comido y se habían saciado. Y Jesús, sin rodeos, les dice la verdad: “Me buscáis no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan.”

Eso duele, porque nos incluye.
¿Cuántas veces lo buscamos solo cuando necesitamos algo?
¿Cuántas veces dejamos de buscarlo cuando la Palabra empieza a confrontar y no a consentir?

Seguir a Jesús por lo que da, es fácil.

Seguirlo por lo que es, no tanto.

La relación pide tiempo. Pide estudio. Pide permanecer incluso cuando no hay milagro inmediato. Pide sentarse a escuchar cuando la Palabra no acaricia, sino que corrige.

Buscar primero el Reino no es una frase bonita. Es una decisión diaria. Significa que lo material deja de ser el centro. Que la prioridad no es el carro, la casa o el éxito, sino la relación. Y curiosamente, cuando eso se ordena, muchas cosas encuentran su lugar.

He visto personas con cheques pequeños, con semanas difíciles, dar gracias antes de saber cómo terminarían el mes. No porque fueran ingenuas, sino porque habían decidido una prioridad. Y esa prioridad sostuvo todo lo demás.

Podemos llenar iglesias, auditorios y estadios. Pero llenar un lugar no significa formar discípulos. El discípulo no es el que aplaude más fuerte, ni que salta ni brinca, sino el que está dispuesto a aprender, a ir, a levantarse cuando cae, a decir “heme aquí” sin garantías.

La Palabra no siempre es fácil. A veces es dura. A veces incomoda. Pero también es un gozo cuando uno decide no quedarse en la superficie.
Por eso la pregunta vuelve, tranquila pero insistente, mientras el café se termina:

¿Soy discípulo… o solo simpatizante?

¿Busco a Jesús por quien Él es, o solo por lo que puede darme?
No es una pregunta para responder en público.
Es una pregunta para responder a solas.

Y quizás ahí, en esa honestidad silenciosa, empiece de verdad el discipulado.

Vick
Conversando con una taza de café
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Guía de Año Nuevo para Optimistas Cínicos

Pasó la Navidad. Se terminó el recalentado —esa metáfora culinaria de revivir lo ya consumido— y los regalos revelaron su verdadera naturaleza: objetos que ocuparán un estante hasta convertirse en polvo y promesa incumplida. Papá Noel, ese cómplice burgués del consumismo, ha vuelto prudentemente a su Polo Norte ficticio, a descansar de su papel de anciano trepador de balcones. El arbolito, despojado de su fugaz gloria, cumple ahora su destino verdadero y humilde: ser el rascador preferido del gato. La ironía es perfecta: lo que fue símbolo de vida y luz, ahora sirve para afilar las uñas de un felino indiferente.

Hoy, en el gran teatro de las supersticiones, los calzones amarillos son el producto más codiciado. Hay una lógica perversa en ello: entre más pequeño el tamaño, más suerte promete. Como si la fortuna premiara la incomodidad y la fe cupiera en una talla extra-small. Salgo al mercado, entre el gentío, a comprar las doce uvas. Las sostengo con una esperanza que se repite, cíclica y vergonzante: la de que este año, por fin, sea mejor. Mis propósitos son los mismos de siempre —los del año pasado y el antepasado—, escritos con tinta invisible en un contrato que solo yo firmo y solo yo incumplo. Pero la esperanza es ese músculo que nunca se atrofia del todo, aunque solo sirva para cargar bolsas de fruta simbólica.

Llegará el nuevo año y, con él, la gran tradición nacional: las elecciones. Nos prepararemos para el solemne ritual de elegir a los nuevos ladrones —perdón, quise decir al Presidente y a los honorables congresistas; ¿acaso no es lo mismo?—. Depositaré mi voto con la mano temblorosa del que compra un billete de lotería, sabiendo que el premio mayor probablemente ya está arreglado. Mientras tanto, nosotros, los ilusos profesionales, seguiremos aferrados a los ideales. Libraremos la batalla cultural desde el sillón, creyendo que un meme bien puesto puede más que una mordida. Soñaremos con hacer realidad algunos proyectos, aunque el principal sueño —aquél de creer que todo podría cambiar de verdad— ya se perdió en algún diciembre anterior, entre uvas atragantadas y discursos de unidad.

Así que brindemos. Con uvas, con Inka Kola, con lo que haya. Porque el verdadero propósito de Año Nuevo no es cambiar, sino sobrevivir con elegancia al desplome de nuestras propias expectativas. Y tener, al menos, un calzón amarillo de recambio, en el bolsillo, por eso de no encontrar luego del que le quitaste —talla pequeña, por si acaso la suerte decide ser literal—.

Vick
Conversando con una Taza de Café.
-Vick-yoopino
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La Cita Perpetua

Nos estamos volviendo olvido. Es un proceso lento, casi químico: cada recuerdo compartido pierde un átomo de nitidez, cada anécdota su tono exacto. Pronto seremos dos desconocidos con un pasado en común, un dato curioso en la biografía del otro. Una ironía amable: para dejar de ser extraños, primero tuvimos que compartirlo todo; para volver a serlo, solo hace falta el silencio.

Pero sé, con una certeza que contradice a toda lógica, que una mañana cualquiera —de esas que no se planifican ni se anotan en ningún calendario— te despertará un vacío sin forma. Y sin saber bien por qué, llegarás a un café. No a nuestro café, porque esos lugares ya no existen, sino a uno que tenga la misma luz filtrándose por la ventana, o el mismo sonido metálico de la cucharilla. La sintaxis de ese momento estará pulida por la nostalgia, y sin quererlo del todo, me buscarás con la mirada.

Sabrás, por supuesto, que no me encontrarás. No importará. La búsqueda no será por la persona, sino por el fantasma. Y en ese instante preciso, cuando tu corazón se contraiga no con dolor, sino con el reconocimiento de una ausencia, el recuerdo volverá a nacer. Tendrá la duración de un suspiro, apenas el tiempo de que el barista ponga tu taza sobre el mármol. En esa fracción de segundo, lo sabremos todo otra vez. Todo lo que vivimos, con su peso y su levedad.

Quizás, en otro giro del azar, yo llegue al mismo café en otro día. Me sentaré en la mesa que da a la ventana, la que usábamos para ver llegar al otro. Miraré la calle y buscaré, entre la gente anónima, esa caminata apurada que era solo tuya —esa que tenía la urgencia torpe de quien teme hacer esperar al amor—. Marcharé, al final, sin que hayas llegado. Pero la decepción tendrá un regusto dulce, y pensaré, como un mantra de consuelo: «Mañana, quizás».

Y saldré a la calle con una sonrisa. No de felicidad, sino de gratitud por el recuerdo puro que aún guardo: la imagen de un día en el que no había nada en el mundo más importante que apurar tus pasos para llegar a mi.

Un día, lo sé, volverá a suceder. No en esta realidad de persianas bajadas y tazas frías, sino en otra. En la geografía paralela de los sueños, donde el tiempo es circular y las pérdidas son solo temporales. Allí, en tus sueños y en los míos, seguiremos llegando siempre, puntuales y sin aliento, a nuestra cita perpetua. Dos fantasmas con prisa, condenados a encontrarse para recordar, una y otra vez, el sabor de lo que significa perderse.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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Elegía del Último Café

Hubo una mañana cualquiera en que clausuraron nuestra cafetería diaria. No hubo aviso, ni remedio, ni tiempo para un último pedido. Se cerró la persiana como se cierra un párpado sobre un ojo cansado, y con ella se apagó el ritual que nos sostenía. Fue el primer presagio silencioso de que todo lo sólido podía desvanecerse sin ceremonias.

Dicen que apostar por mí ahora es una pérdida segura. Que el único premio posible es una tristeza lenta, la misma que se filtra en las grietas de las paredes que conocen nuestros secretos. Y tú… tú que una vez miraste tan al fondo de este corazón lleno de estrías —cicatrices de batallas antiguas y desbordes pasados—, tú que desbordaste el río de tus sentimientos hasta anegar mis orillas secas… Hoy, tus ojos guardan un luto silencioso. Porque en una mañana sin previo aviso, las fuerzas le fallaron a mi diástole. A ese latido que insistía, contra toda lógica, en llevar tu nombre con cada bombeo.

Habrá un día, lo sé, en que seguirás camino con otra mano. Una mano que siempre estuvo ahí, suspendiéndonos en el aire, dejando silencioso que esperara mi turno. Y querrás algunas veces negarlo todo —el olor a grano tostado, las risas ahogadas en tazas de porcelana, la geometría perfecta de nuestros dedos entrelazados—, querrás aceptar, por fin, que esto no pudo ser. Pero fue real. Fue tan real como el mármol frío de la mesa que guarda la hendidura de mi anillo.

Y cuando mi historia en ti sea solo un recuerdo desgastado, una fotografía sin marco; cuando tu Alzheimer emocional —aquel que nos obliga a olvidar para seguir viviendo— te abandone por un instante raro y clemente… recuerda guardar el último café para mí. No lo bebas. Solo prepáralo, como sabes hacerlo, y déjalo enfriar en el borde de la ventana. Que el vapor se eleve, un fantasma mínimo, hacia un cielo que ya no compartimos. Será la ofrenda perfecta: amarga, necesaria y efímera. Como lo nuestro.

Porque algunos amores no terminan con un adiós, sino con un local clausurado. Y la única herencia, con un último café que nunca se llega a tomar.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
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La gratitud que no se aprende a la fuerza

Dicen que a la fuerza ni los zapatos entran.

Y con la gratitud pasa algo parecido: no se puede imponer, no se puede fingir, no se puede fabricar por obligación. La gratitud nace… o no nace.

Y justamente por eso vale la pena hablar de ella.
O, más bien, de su ausencia.

Porque si algo nos caracteriza como seres humanos —y también como cristianos— es que somos profundamente olvidadizos. Olvidamos rápido. Sobre todo las cosas difíciles. Las deudas, esas sí las recordamos todos los días. Pero los favores, las misericordias, las veces que Dios nos sostuvo sin que nos diéramos cuenta… esas se nos borran con facilidad.

La Biblia está llena de ejemplos de este olvido constante. El pueblo recordaba el pasado solo para culpar a alguien más, o para idealizarlo, o para escapar de su responsabilidad presente. Y nosotros no somos tan distintos.

Diez sanados, uno agradecido

Quiero que vayamos al Evangelio de Lucas, capítulo 17. Es un pasaje conocido, pero que siempre nos confronta. Jesús iba camino a Jerusalén y pasaba entre Samaria y Galilea. Al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos. Se pararon de lejos y gritaron:

“Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros”.

La lepra, en esos tiempos, no era solo una enfermedad. Era una sentencia social. Los leprosos eran expulsados de la ciudad, vivían aislados y, por ley, debían gritar “¡Inmundo!” cuando alguien se acercaba, para advertir del peligro. Pero estos diez hombres hicieron algo distinto. No gritaron “inmundo”. Gritaron “Jesús, Maestro”. Sabían quién era. Sabían de sus milagros. Sabían que, si había una mínima esperanza, estaba en Él.

Jesús no los tocó. No oró por ellos. No les dijo: “ya están sanos”.

Solo les dijo:

“Id y mostraos a los sacerdotes”.

Para obedecer esa orden, tenían que creer. Porque cuando comenzaron a caminar, todavía estaban enfermos. Sin embargo, fueron. Y mientras iban, fueron limpiados. Aquí aparece el detalle que duele.

Uno de ellos, al darse cuenta de que había sido sanado, volvió. Glorificó a Dios en alta voz, se postró a los pies de Jesús y le dio gracias. Y Lucas se encarga de subrayarlo: era samaritano.

El que regresó fue el despreciado.
El extranjero.
El que no conocía la Ley como los demás.

Los otros nueve —judíos, conocedores de la Escritura— siguieron su camino. Tal vez hicieron lo correcto según la norma. Tal vez llegaron al sacerdote. Pero no regresaron a dar gracias.
Y Jesús hace una pregunta que sigue resonando hoy:

“¿No eran diez los que fueron limpiados? ¿Dónde están los otros nueve?”

La gratitud como memoria espiritual

Ser agradecido no es solo decir “gracias”.
Es recordar.
Por eso el salmista escribe en el Salmo 103:

“Bendice, alma mía, a Jehová… y no olvides ninguno de sus beneficios”.

No olvides.

Solo hoy, abriste los ojos. Respiraste. Caminaste. Tuviste alimento. Tuviste un lugar donde estar. Y quizás ni siquiera lo notaste.

Él perdona nuestras faltas.
Sana nuestras dolencias.
Rescata nuestra vida del hoyo.
Nos corona de misericordia.
Nos da trabajo, sustento, protección.

¿Cuántas veces Dios nos libró de algo que ni siquiera llegamos a ver? Pequeños detalles que pudieron cambiar nuestra historia, pero no lo hicieron porque su mano estuvo ahí.

No olvidar… ni dejar de enseñar

En Deuteronomio 4, Dios es claro:

“Guárdate… para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto… y las enseñarás a tus hijos y a los hijos de tus hijos”.
Olvidar no es inocente.
Olvidar debilita la fe.

Hemos visto milagros. En nuestras congregaciones, en nuestras familias, en personas cercanas. Sanidades, provisión, protección. Y también hemos visto dolor, enfermedad, necesidad. Por eso mismo no podemos permitirnos olvidar.

Más adelante, el mismo pasaje dice:
“Guardaos, no os olvidéis del pacto de Jehová vuestro Dios”.
Dios no se ha olvidado de nosotros.
Nunca lo ha hecho.

Jesús fue claro:

“Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin”.

Una gratitud que se practica

Si somos maestros, debemos prepararnos.
Si servimos, debemos crecer.
Si nuestra familia está bien, demos gracias.
Y si alguien está pasando por un mal momento, no miremos a otro lado: oremos, acompañemos, sostengamos.

La gratitud se cultiva orando, leyendo, estudiando, recordando.
No es un sentimiento pasajero.
Es una disciplina del alma.

Y quizá, en este tiempo de Navidad, más que pedir cosas nuevas, nos toque hacer algo más difícil: recordar todo lo que ya hemos recibido.

Vick
Conversando con una taza de café
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Poniendo mesa en el desierto

La fe cuando las cosas no van bien

Todos tenemos fe… sobre todo cuando todo marcha bien.

Cuando hay trabajo, cuando la salud acompaña, cuando el bolsillo no aprieta. En esos momentos, la fe parece firme, casi natural. Pero no todos están pasando por ahí. Mientras algunos siguen su rutina normal, otros están atravesando momentos difíciles. Y es justamente ahí donde la fe se pone a prueba.

Creemos que Dios está cuando todo va bien, pero olvidamos que Dios sigue estando cuando las cosas van mal. Paradójicamente, cuando más lo necesitamos, es cuando más fácil es olvidarlo.

Cuando hay salud, alegría y dinero, muchos no se acuerdan de Dios.
Pero cuando la situación se vuelve crítica, la rodilla comienza a doblarse… y también a quejarse.
Entonces surgen las preguntas:

“¿Dónde está Dios?”
“¿Por qué me pasa esto a mí?”
“¿No he sido fiel?”

Y muchas veces olvidamos lo que ayer Dios ya hizo por nosotros.

Un pueblo que olvidó los milagros

Cuando el pueblo de Israel salió de Egipto, no salió en silencio ni por casualidad. Salió con milagros evidentes: el mar dividido, la nube que los guiaba de día, el fuego que los acompañaba de noche. Todo eso lo vieron con sus propios ojos.

Y, sin embargo, cuando tuvieron hambre, lo olvidaron todo.
Si no recibimos, nos quejamos.
Si recibimos, siempre falta algo.
Parece que nunca es suficiente.
Un pueblo que vio el mar abrirse comenzó a dudar cuando el estómago rugía.

“¿Podrá Dios poner mesa en el desierto?”

El Salmo 78:19 lo dice sin rodeos:
“Hablaron contra Dios, diciendo:

¿Podrá Dios poner mesa en el desierto?”

Es una pregunta cargada de duda, pero también de memoria corta.
Como diciendo: “Sabemos lo que hiciste ayer, pero hoy no estamos seguros”.
En el versículo siguiente recuerdan el milagro del agua brotando de la peña… y aun así preguntan si Dios también podrá dar pan y carne.

¿Cuántas veces hacemos lo mismo?

Reconocemos lo que Dios hizo, pero dudamos de lo que puede hacer ahora, en este desierto, en esta situación concreta.

Pedro y la fe práctica

En Mateo 17, Pedro enfrenta una situación simple pero incómoda: el pago del impuesto. Jesús le dice algo que desafía toda lógica humana:

Ve al mar.
Echa el anzuelo.
El primer pez que saques tendrá la moneda necesaria.
Pedro era pescador. Sabía cómo funcionaban las cosas. Pero obedeció.
Eso es fe: hacer lo que Dios dice, aunque no tenga sentido inmediato.

La pregunta sigue vigente:
¿Creemos que Dios puede poner mesa en nuestro desierto?
A veces, Dios lo hace directamente.
Otras veces, nos usa a nosotros como la mano que llena la mesa de alguien más.

Una historia sencilla, una fe real

Decimos que vivimos por fe, pero también tenemos un sueldo, un horario y cierta seguridad. Sin embargo, recuerdo una historia sencilla que nunca olvidé.

Un maestro llegó un viernes a clase visiblemente preocupado. Sacó su cheque: 45 dólares por dos semanas de trabajo. Faltaban días para terminar el mes y el trabajo estaba muy escaso.

Aun así, dijo algo claro:
“Yo sé que Dios va a hacer algo. No sé qué, pero confío en que no me va a abandonar”.
La semana siguiente trabajó todos los días. Incluso el sábado. Su cheque cubrió todo y más.
No porque fuera especial.
Sino porque confió.

Dijo: “Señor, Tú tienes el control. Tú eres quien pone mesa en el desierto”.

Dios cumple lo que promete

El Salmo 78:23–25 nos recuerda algo fundamental:
Dios abrió los cielos y envió maná, aun cuando el pueblo reclamó y dudó.
La promesa se cumplió.
Dios sigue poniendo comida en la mesa, incluso en medio del desierto.

La pregunta es:

¿cuál será nuestra respuesta?

No solo orar, sino actuar.
Tal vez tú eres la mano que Dios quiere usar.
Tal vez tienes algo pequeño que puede llenar el estómago de alguien más.
La fe viene por el oír la Palabra de Dios, pero crece cuando esa Palabra se vive.
Si no la leemos, si no la escudriñamos, no crecemos.
Dios puede poner mesa en el desierto.

Y a veces, tú y yo somos parte de esa mesa.

Vick
Conversando con una Taza de Café
-Vick-yoopino
-MiVivencia.com